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Día 3 de Febrero del año 2011 (28 Safar 1432) |



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La música alpujarreña está condenada a la magia y al encanto de su entorno excepcional. Es la melodía vital de un pueblo atenazado por la necesidad constante del ser y el continuo sostenido del no ser. El alpujarreño forja en las letras de sus coplas la sabiduría ancestral que ha heredado de sus antepasados. Es un incansable devenir fragoso, blanco y empinado, que irremediablemente busca a través del silencio y las sufridas aguas del Guadalfeo la quietud infinita del azul más intenso. El alpujarreño canta con la voz del ausente. Canta en la trilla, detrás del arao y a lomos de su bestia; canta remerinos en el terrao y en los trancos de su puerta; Canta, y la insolencia de su amor exagerado se requiebra en frágiles versos y calientes sentencias cuando ronda a la mujer que ama y a la muchacha que desea. La cantinela verde del violín se rompe en la voz hendida del trovero y nos devuelve impacientes a las noches más febriles de la media luna. El susurro doliente y cálido del laúd se transfigura en una cascada chispeante de sonidos exquisitos cuando corteja a la bandurria y a la guitarra en una mazurca cualquiera o en un jaranero y festivo pasacalles en tono mayor. En La Alpujarra la música tiene nombre de mujer, de rueda, de romería o de meceor. A veces es trágica y a veces heroica, a veces osada y a veces brillante… pero siempre es fatal y necesaria como la propia existencia, caprichosa como el destino, inevitable como la historia. |
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